Nadie imaginaba que detrás de los gruesos muros de piedra del enorme edificio; más parecido a una prisión, que a un hospital psiquiátrico de 1910, se ocultaban las peores, crueles e inhumanas terapias a que eran sometidos los innobles enfermos mentales, popularmente llamados, locos.
En las oscuras entrañas de este baluarte de la psiquiatría; donde desaparecía la floreciente modernidad de la época, languidecían centenares de miserables seres sin futuro, quienes morían en el hacinamiento, víctimas del hambre, de las epidemias y de una terrible insalubridad. En los mohosos y oscuros calabozos, el sol jamás derramaba su calor vital, ni siquiera por misericordia. Solo los etéreos fantasmas, silentes testigos, se atrevían a darles consuelo.
En el patio, un hombre alto y delgado como una chirimía, temblando de frio, sin más ropa que una bata mugrosa y arrugada, totalmente rapado y lleno de piojos, esperaba con aparente indiferencia el resultado de la visita anual de los psiquiatras a los internos. Entre sus manos, sostenía una arrugada tarjeta de identidad con catorce sellos, pero ninguno de ellos era el que le permitiría salir al mundo exterior.
Le antecedían 53 hombres y 14 mujeres, en idénticas condiciones, esperando el diagnóstico de los médicos instalados detrás de pequeñas mesas de madera de pino, sobre las cuales habían letreros con todos los diagnósticos psiquiátricos comunes de la época: furiosos, tranquilos, imbéciles, indigentes, epilépticos, infecciosos, toxicómanos, jubilados, poetas y melancólicos.
¡Enfermo! –se escuchaba el golpe del sello sobre la tarjeta. ¡El siguiente! ¡Sano y arrepentido! –zas. ¡El que sigue! ¡Sano y rehabilitado! –zas. Las fuertes voces deshumanizadas resonaban entre las paredes del patio, mientras sellaban los documentos de los pacientes impacientes de la larga fila.
Quienes recibían el sello de sano y arrepentido, eran conducidos a unos carromatos parecidos a los utilizados por los circos, que tirados por dos nerviosos caballos salían por el enorme portón de madera reforzada rumbo a la ciudad, allá, en la parte baja del valle, donde eran liberados cerca de los mercados de la Merced, el de Coyoacán, el de San Juan y el de San Ángel, el más cercano al pueblo de Mixcoac, donde pudieran sobrevivir con la caridad pública o disputándose con los perros tortilleros y los zopilotes de etiqueta, el suculento gourmet de un espinazo de pescado a la vizcaína o el huacal de una gallina al estofado.
En tanto, los sanos y rehabilitados eran llevados a un salón rectangular, donde separaban a las mujeres de los hombres y, en baños compartidos, les duchaban con agua fría y creolina. Después de vestirlos con ropa para pobres, los transportaban a los pueblos cercanos a la capital, como Texcoco, Tlalpan, Iztacalco, Iztapalapa, Tlahuac, dejándolos cerca de los panteones, donde aparecían y desparecían por temporadas.
Pero, la razón del miedo de este pobre hombre, era porque quienes recibían el sello de ¡enfermo!, eran arrastrados a punta de golpes a las entrañas del edificio, donde les daban baños de agua helada y sesiones de choques eléctricos en sus partes nobles, hasta que perdían la consciencia echando espumarajos por la boca.
El hombre estrujaba su tarjeta de identidad con los catorce sellos que a la fecha llevaba, todos con la leyenda de ¡enfermo!, y solo de pensar que recibiera otro igual, lo ponía frenético.
De pronto, el loco que le precedía le preguntó con voz bajita:
-A ti, qué locura te aqueja, hermano.
Le quedó viendo fijamente de arriba para abajo, valorando la pena de responder o no al pobre insano, pero, finalmente dijo con voz flemática.
-Dicen que la poesía es algo de lo que hacen los poetas, pero no me preguntes qué es ese algo, pues no debieras preguntarle al poeta, porque nunca será él quien te conteste, es decir, resérvate de preguntar de nuevo. Solo te puedo decir que padezco de una extraña aflicción, que le llaman, la Saudade.
-¿Qué dijiste? –dijo el loco sin comprender al poeta.
-Es difícil de explicar, son sentimientos contradictorios, que te hacen actuar distinto, ser diferente a la mayoría -dijo el poeta dejando traslucir un gesto de orgullo, de suficiencia.
-¿Diferente? ¡Diferente a la mayoría!, ¡eso es terrible!... ¿Y cómo se manifiesta? –preguntó muy alarmado el loco.
-Ni los tratados de medicina tienen una definición clara de este mal. Difieren según la nacionalidad del autor, o sea, es una dolencia del alma más que del cuerpo o de la cabeza, es parecido al sufrimiento de la ausencia del ser amado. Sientes nostalgia, pero no lo es, melancolía, pero tampoco lo es, caes en una gran tristeza, que tampoco lo es y a la vez te resulta confortable, te embarga la desesperanza. Te da por componer poemas de amor, cantar y antes de la cuaresma a bailar por igual a la alegría y a la tristeza, vistiendo estrafalarios atuendos multicolores.
- ¡Calla! Me enfermas con solo oírte, pero creo entenderte, pues cuando me he enamorado, algo parecido me ha ocurrido –dijo el loco.
Entonces, siguió el turno del poeta que se acercó tímidamente a las mesas sin saber a dónde dirigirse. Leyó los carteles y se aproximó a las dos últimas, porque su caso estaba más o menos tipificado en esos dos diagnósticos, el de los poetas y melancólicos.
Entregó el arrugado documento y esperó.
- ¡La Saudade! -leyó el médico el diagnóstico escrito en el carnet-¿Cuánto tiempo llevas hospitalizado?
- Catorce años con igual número de sellos.
- ¿Catorce? ¿Y no te has rehabilitado o arrepentido?
- ¡Cómo saberlo! –dijo el poeta mostrando las palmas de las manos al azorado médico, mientras levantaba el rostro como buscando un rayo divino que lo iluminara con tal pregunta.
- ¡Tienes razón! ¡El tuyo es un caso extraño! –dijo el médico que intercambió algunas palabras con sus colegas de las mesas de los poetas y melancólicos.
- ¡Cuál es tu nombre! –dijo el otro galeno.
- Cristóvâo Figo, para servirle a usted y a Dios.
- ¿Cristóvâo Figo? ¡Por casualidad eres portugués!
- Sí señor, nacido en la ciudad de Braganza, encima de una colina de la sierra de Nogueira, de ahí soy.
- Haberlo dicho antes –dijo el médico dándose una palmada en la frente– ¡que terrible confusión!
- ¿Es portugués? -Preguntó el otro médico.
- ¡Sí, este hombre es portugués!
- Pues entonces, no está enfermo, es el estado natural de ellos. Y pensar que se ha pasado catorce años encerrado, sin que nadie entendiera que tenía, ja ja ja ja ja – rieron los médicos.
- ¡A ver! – dijo uno de ellos y puso el sello de ¡Sano y arrepentido! – Zas.
Margarito Pérez
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