sábado 5 de septiembre de 2009

Expiación humana

Era el amanecer del domingo, dos y media para ser más preciso. Escuchaba el silencio de mis lamentos. El dolor lastimaba mi cuerpo. El sudor filtraba mi frente. Mis puños aprisionaban mis nudillos, pálidos como mi rostro. Todos mis sentidos estaban despiertos, sentía el bullicio de la noche, la lluvia arañando el cristal de la ventana, los ronquidos del vecino del 202, el motor de un automóvil circulando por alguna calle desierta, la sirena de una ambulancia, el zumbido del aparato de aire acondicionado.
Un alud de promesas brotaron de mis labios, jamás reincidiría otra vez. ¡Qué pesadilla! ¿Estaré expiando mis culpas?, ésto no se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo. Se que es parte de nuestra condición humana, el dolor, que nos pone los pies sobre la tierra, que hace olvidarnos de las cosas materiales, que nos protege de la frivolidad.
Cuando sentí que no podía más, que la vida me abandonaba, escuché la voz interrogante de mi esposa al otro lado de la puerta preguntando.
-¿Eres tú gordito?, ¿te sientes mal?

Fin.

Margarito Pérez.

sábado 16 de mayo de 2009

ESPERMATOVULO

Recientemente y por los siglos de los siglos, los embarazos no deseados siguen a la orden del día, como si las campañas para prevenirlos fueran alarmas sordas o invisibles que nadie ve o escucha. ¡Total! Después del entusiasmo de dos, se convierte en problema de "una", y digo de una, por que el producto no puede protestar cuando la inconsciencia se presenta, ya que como es sabido, pesa tanto en el ánimo de las personas; aquello del qué dirán.

ESPERMATOVULO

Alex y Luisa, se mostraban al mundo como dos enamorados al estilo "protagonistas de película", por lo que las demostraciones de amor, fueron subiendo de tono, los lugares públicos comenzaron a incomodarles y así, poco a poco se fueron aislando de las miradas pre juiciosas, buscando la intimidad.
El juego, les fue gustando, la adrenalina del escarceo y la sensación de estar haciendo algo prohibido, intensificaba las citas y con ello, el riesgo de consecuencias.
Él, apremiante por saciar sus deseos. Ella, con el temor agazapado, de un embarazo no planeado o peor aún, "no deseado".
Más, sin embargo a Luisa le era dificil abstraerse de las palabras de amor y las manifestaciones de cariño de su amado Alex.
Así poco a poco, se fueron dejando atrapar por la "inconsciencia", hasta que la consecuencia se hizo presente, dejando a los enamorados, aturdidos, perplejos, incapaces de razonar, sin saber que hacer, obligados a pensar. Mientras que en el vientre de Luisa, una vida comenzaba a palpitar, a palpitar con temor, esperando "la decisión".
En los días siguientes, aquel destello de vida, comenzó a experimentar... Angustia, desesperación. Y toda la magia de la vida, se convirtió en zozobra, escuchando y sintiendo palabras como:
Tómate algo pa que te baje. Yo conozco alguien, pa que te lo saque. No lo tengas... Estás muy joven. No te preocupes... Es un retraso. ¿Cuánto tiempo tiene?... ¡Ya no te puedes hacer un legrado!
Después de esta montaña Rusa de emociones, el espermatovulo escucha una voz que dice:
-Mamá estoy embarazada.
Devienen gritos, insultos, llanto, reclamos y... Después, un silencio y la angustia de no saber el veredicto.
Pasan los días lentos, desquiciantes, esperando que decisión tomarán sobre su vida, sin entender "porqué" ha ocurrido todo este cataclismo. De pronto, un mal día, siente que le arrancan un bracito, luego la piernita, le arrancan del lugar que supuestamente lo protegía para crecer, desarrollarse y llegar a este mundo, a los brazos de quienes lo engendraron.
Después, la madre, queda inconclusa, con culpa, intentando justificar y justificarse, en tanto los malestares del aborto se lo recuerdan
No acierta a comprender, "¡cómo tuvo el valor!".
Aun no se recupera del todo, cuando escucha la voz alarmada del médico que le dice a su ayudante, "se está desangrando", ¡hay que detener la hemorragia!
Un silencio precede a las angustias del médico y su ayudante.
Días más tarde, los periódicos anuncian el cuerpo abandonado de una joven mujer que había perdido la vida al practicársele un legrado.
Alex, está saliendo con una chica dos años menor que él.
Le explica, que no le gusta usar condón, porque lo hace "insensible" al contacto.


Marieta Corzo.

domingo 3 de mayo de 2009

Los Sapos

I
Un escalofriante hallazgo alarmó a los pobladores de San Coleto el Chico, tres hombres sin cabeza fueron vistos deambulando por el camino al pueblo. Eran dos profesores y un practicante de medicina, asesinados.
El fuerte calor comenzó a descomponer los cuerpos. La chuchada se daba tremendo festín disputándose las tripas como si fueran tiras de longaniza, mientras tres sardónicos zopilotes se relamían sus guadañas saboreando la carroña.
Para que los descabezados no recorrieran el pueblo causando espanto, los encerraron en la cárcel. Los chamacos más atrevidos los persiguieron arrojándoles piedras en tanto los tres carroñeros de traje negro se entretenían con la tragedia, estáticos sobre el quiosco del parque. El comisariado ejidal y el comandante de policía buscaron a los culpables, debajo de las piedras, en los cajones del panteón y en las cantinas.
Un olor nauseabundo provenía de un jacal de bajareque y lodo que triste se reclinaba sobre el paisaje. En el comal para echar tortilla tres cráneos chamuscados bailaban con los pelos retorcidos. Cuando apresaron al asesino, éste dijo con voz templada: ¡Yo no tengo culpa!, ¡no es malo lo que hice!, ¡eran brujos con cuerpo de hombre!

II
En noches cuando el calor no deja que el sueño venga en tu auxilio, se escuchan los gritos de una mujer: ¡Ay santa éxtasis! ¡Ay santa mártir del placer! ¿Ahora quien va a quererme?
Las chismosas se santiguan cuando ven llegar al hombre con pies de lodo con la ropa hecha jirones y apestando a perro muerto.

III
Un par de comadres fueron a decirle al hombre que trabajaba con su yunta bajo el abrasador sol, que su mujer estaba en peligro: ¡Córrale, algo le hacen a tu mujer!, ¡córrale hombre, córrale!, no vaya ser que ya no la encuentres viva! El hombre con pies de barro literalmente voló a su choza seguido por las chismosas que parloteaban como aves de malagüero, papaloteando sus negras enaguas, como si fueran colmoyotes de la mala suerte.
Con el machete desenvainado entró a su jacal, su mujer lloraba recostada sobre el catre de mecate, mostrando su tosca desnudez, sus macizos muslos color del cacao y sus cachetes colorados como melocotones. ¿Qué pasó mujer?, ¿dónde están tus enaguas? La mujer cayó a sus pies abrazándole las cazcorvas piernas lampiñas, diciendo que la habían agarrado desprevenida aprovechando que él no estaba. Aguajes brotaron de sus ojos azabaches. ¡No vas a enojar, verdad!, dijo asustada la mujer.
Afligida decía que su dolor era culpa de la maldad del hombre, porque sus porquerías lo quieren hacer cuando la mujer está sola sin importarles si ella quiere o no cumplir con su santo deber. El marido ofendido con el rostro acartonado por la vergüenza, exigió que le dijera quien era el maldito para cortarle la cabeza. La mujer de tez de ámbar dijo que no era uno, sino tres hombres panzudos, malos como el trago con forma de sapos, que al verla sola en su casa sin su marido que la defendiera, derribaron la puerta con soplidos y la forzaron en contra de su voluntad.
El marido preguntó como los reconocería, si iban en forma de sapos o de hombre malos, ella le respondió que eran tres y son panzudos.
El furioso campesino salió con el machete en la mano, aullando amenazas nacidas del dolor. Las culebras corrieron a esconderse bajo las piedras y los perros no se atrevieron a morderle las corvas. Espuma echaba por la boca y fuego por los ojos. Quienes lo vieron pasar como toro embramado, se santiguaron y cayeron de rodillas arrepintiéndose de sus pecados, pensando que era el mismito satanás.
Divisó a tres hombres panzudos por el camino al pueblo; que ignoraban lo ocurrido, los alcanzó y sin advertencia blandió su machete en el aire y los mató a los tres.
Caminó con desconfiada prisa, balanceando su cuerpo flaco como bejuco, transpiraba copiosamente, su camisa que alguna vez fue blanca, mostraba los vestigios de la marcha. Sus guaraches doble rodada hacían huella en el lodo. En su morral, tres cabezas de brujos con forma de hombre, chorreaban agua sanguaza.
El machete descansaba en su vaina, satisfecho, saboreando la sangre y la piel cortada por su filo. Las cabezas cayeron con tres certeros golpes y como cocos rodaron por el camino hacia el aguaje de piedra moma, como queriendo saciar la sed por última vez.
El castigo que las autoridades impusieron al hombre con pies de lodo fue hacer un hueco de seis metros de profundidad, donde metió a los cuerpos y sus cabezas. Pero cuando estos descansaban en el fondo, no pudo salir porque los descabezados los sujetaron de las piernas y la cintura. El pobre murió de miedo en medio de la gusanera.

Manuel Pinto del Ristral.

viernes 1 de mayo de 2009

EL COLLAR DE DOMITILA

COMENTARIO

“EL COLLAR DE DOMITILA”
De ANA MARIA SCAGNETTI
Editorial De los cuatro vientos de Buenos Aires, Argentina.

Las páginas de este libro te llevan de la mano en el recorrido histórico social de un país de Sudamérica que sufre el deterioro político-social y racial con la consecuencia absurda de la discriminación, principalmente la que ha sufrido el género femenino en toda Latinoamérica. Desde luego, ha existido una lucha constante en todos los sentidos por superar tal situación, donde la mujer ha jugado un papel importantísimo a pesar de las cortapisas que la señalan como un ser “inferior” aunque este adjetivo a todas luces es una arbitrariedad nefasta de mentes cerradas.
La escritora, una dama sensible e inteligente, trata además de lo especificado, la historia de una generación de mujeres que luchan con dignidad por su realización e integración a los diferentes ámbitos, por derecho, y mezcla la problemática social-política con matices tiernos y apasionados de sus vidas íntimas, con amores y desamores.
El enlace de todas estas féminas es precisamente, además de la consaguinidad, el collar de perlas de Domitila, que va pasando de mano a mano de las diferentes protagonistas de la historia, de generación a generación y que les da el valor de trazar un camino que deje huella como la misma autora manifiesta.
El desenlace de la novela que a mi parecer está escrito con pasión, con conocimiento, con elegancia y sensibilidad, es de un estilo semiabierto, donde la escritora deja a la imaginación del lector lo que le sucede a la última protagonista.
Quiero asentar que Ana María Scagnetti de nacionalidad argentina, autora de la novela “El collar de Domitila” y otras más, como también autora de Haikus forma tradicional poética japonesa donde ha obtenido varios premios, utiliza en su narrativa, una forma natural, ágil, diestra y a la vez tierna que, de inmediato despierta el interés del lector que no despega los ojos de la narración hasta terminar toda la historia.
Va mi sincera felicitación a tan brillante escritora por su obra y mi cariño a la persona sensible y humana, a la que tengo la grata satisfacción de conocer. Y mi espontánea sugerencia para todos los amantes de la lectura, que en la primera oportunidad lean a esta esplendorosa escritora.

Rosalía Santomé.
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México

viernes 30 de enero de 2009

Cuento: Clases de dibujo

Un buen día, Julián decidió tomar clases de dibujo y pintura. Compró varios utensilios para eso, o sea cuadernos de dibujo, lápices numerados especiales, colores, cuanta cosa creyó necesario. De antemano había visto en una calle céntrica, cerca de su casa, un letrerito pegado a un portón que decía; se dan clases de dibujo etc. Ahí se dirigió muy entusiasmado. Entró. Saludó. Dijo ¡Buenas tardes! ¿Quién es el maestro?

Un hombre alto, un poco robusto, pelo cano, de mirada y voz amable contestó el saludo: Yo. Se pusieron de acuerdo en el precio, horario, material y desde ese instante empezó a llevar las clases.

Julián afanoso dibujaba y dibujaba, no lo hacía mal. Tenía cierta habilidad innata y por eso el maestro le dijo: Hay que empezar a colorear.

Contento Julián de su progreso, dibujó un leopardo con la intención de colorearlo, pero, eso no le fue tan sencillo, el maestro le dijo: La silueta está bien pero falta más color, faltan las sombras y las luces. Julián se esmeraba sin conseguir el efecto deseado a lo que sugirieron que lo dejara por unos días, lo que creo los artistas expresan: Hay que dejarlo reposar. Así lo hizo nuestro amigo.

Pasaron varios días y regresó creyendo que ahora sí podría colorear bien a su dibujo. Cosa curiosa, como lo dejó reposar, adivinen que encontró, pues que el animalito que había dibujado de pie, estaba echado junto a la gran cascada. ¡Oh, qué pasó! Alarmado Julián no daba crédito lo que veía, no era posible, él lo había pintado de pie y ahora lo encontraba echado. ¿Cómo era eso?, se preguntaba una y otra vez, hasta que llegó a la conclusión que a lo mejor se había imaginado pintarlo erguido y que en realidad lo había dibujado echado. Así que tomó sus colores y le dió una repasada.

Al llegar a su clase le dijeron de nuevo que hacían falta detalles y más colores. Déjelo unos días y luego lo toma de nuevo, le sugirió el maestro. Y así lo hizo Julián.

Dejó pasar varios días, mientras hacía otros bosquejos, sólo que la armonía de terminar el leopardo lo llevó de nuevo abrir la hoja donde estaba el dibujo. Cual sería su sorpresa que hojeo y hojeo el cuaderno y no lo encontraba. Pero, si aquí lo dibujé, pensaba y se decía a si mismo. Con detenimiento vio hoja por hoja y llegó donde estaba el fondo del dibujo, una catarata y una arboleda donde lo había pintado pero el leopardo no estaba. ¡No estaba!

Julián abrió tremendos ojos, como platos, que digo platos, platones. Aquí dibujé mi leopardo, ¿porqué no está? alguien lo borró, ¿pero quién lo haría? ¿Por qué me hicieron esto? Pero, nadie toca mis cosas, es más, nadie vive conmigo, ¿entonces? No puede ser, aquí debería estar. No se que pasó, esto es la locura. ¿Me estaré volviendo loco?, se repetía Julián.

Divagó por varios horas o quizás días y no entendía lo ocurrido. Tomó otra vez su cuaderno y lo miró, no lo creía, no lo podía entender, ahora la hoja estaba completamente en blanco.

Lo que nunca entendió, comprendió, percibió, intuyó o lo que sea, es que, el leopardo se cansó de tanta espera y se echó primero, pero como pasaron muchos días se aburrió y se fue a su selva, su hogar, y de ahí regresó para llevarse su paisaje. Nunca más regresó, ni se supo de él.

Pobre Julián, alucinó una temporada, ya no llegó a sus clases. ¡Qué pasaría con él? Bueno, creo que está reposando un tiempo para después continuar con sus clases. Ojalá no sea por mucho tiempo porque, se corre el riesgo que cuando queramos volver a leer esta historia sólo encontremos una hoja en blanco.


Rosalía Santomé.

sábado 29 de noviembre de 2008

Cuento: Hombre de papel

Pensé que estaba alucinando, me veía colgado de una viga, colgado de la maldita viga de una oscura habitación con techo de teja y piso de tierra. Quise mover mis brazos pero no pude, estaban pegados a mi cuerpo. Me sentí como si fuera una oruga envuelta en su capullo de seda. ¡Dios mío! –Imploré- ¿Qué es esto? ¿La muerte? ¿El fin?
Escuché voces en la habitación contigua. Al parecer alguien conversaba, tal vez eran mis captores. De pronto la puerta se abrió y dos hombres de prominente vientre, entraron. Uno traía un recipiente y el otro, un par de brochas. Se acercaron a mí y embadurnaron mi cuerpo con una substancia pegajosa, luego me pusieron capa tras capa de papel periódico, como si fuera una segunda piel, gruesa e insensible.
¡Esperen! ¡Qué hacen! -quise preguntar pero mi voz se ahogó en mi garganta- mis labios estaban cubiertos con una cinta y mi lengua saboreaba a rancio. Un pedazo de trapo amordazaba mi boca. Quise calmarme diciéndome que era tan solo una pesadilla, un maldito mal sueño. Pero el miedo me sacudió. La angustia estrujó mi alma.
Respirar era difícil, mis pulmones se iban quedando sin oxígeno. Traté de tirar de la soga que me sujetaba, pero no pude moverme. Todo mi cuerpo estaba cubierto de papel. Rígido, tan rígido como un cadáver. Pude observar que había otros como yo, colgados del techo y cubiertos de papel. ¡Por Dios! ¿Qué pesadilla es esta? ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son estos hombres? Las miradas de los otros se cruzaron con la mía interrogantes, en un mudo clamor de ayuda.
El tiempo transcurrió lentamente, finalmente el desánimo me hundió en una profunda catarsis y deliré que podía moverme y correr, que podía hablar y cantar, que podía comer y beber, que podía amar y odiar. Y así, perdí el conocimiento de mí y de lo que me rodeaba. Luego siguió el silencio más absoluto que jamás había escuchado, la oscuridad más profunda que nunca hubiese visto, el frío más penetrante que en la vida haya sentido.
Fuertes golpes sacudieron todo mi cuerpo, hiriendo mi piel de papel, el dolor hizo reverberar mis costillas de limo, y allá muy lejos, escuché las voces de niños, sus risas infantiles, ingenuas, cantando.
“Dale dale dale, no pierdas el tino porque si lo pierdes, pierdes el camino”…

Margarito Pérez.

En México, mientras que una persona pasa a pegarle a la piñata, se canta esta canción. Las piñatas constituyen un elemento central de los cumpleaños y otros eventos festivos de celebración. Los niños tratan de romperlas para disfrutar el botín de caramelos y otros regalos que llevan ocultos en su interior. Wikipedia.

sábado 1 de noviembre de 2008

Cuento: El mal incurable (La saudade)

Nadie imaginaba que detrás de los gruesos muros de piedra del enorme edificio; más parecido a una prisión, que a un hospital psiquiátrico de 1910, se ocultaban las peores, crueles e inhumanas terapias a que eran sometidos los innobles enfermos mentales, popularmente llamados, locos.
En las oscuras entrañas de este baluarte de la psiquiatría; donde desaparecía la floreciente modernidad de la época, languidecían centenares de miserables seres sin futuro, quienes morían en el hacinamiento, víctimas del hambre, de las epidemias y de una terrible insalubridad. En los mohosos y oscuros calabozos, el sol jamás derramaba su calor vital, ni siquiera por misericordia. Solo los etéreos fantasmas, silentes testigos, se atrevían a darles consuelo.
En el patio, un hombre alto y delgado como una chirimía, temblando de frio, sin más ropa que una bata mugrosa y arrugada, totalmente rapado y lleno de piojos, esperaba con aparente indiferencia el resultado de la visita anual de los psiquiatras a los internos. Entre sus manos, sostenía una arrugada tarjeta de identidad con catorce sellos, pero ninguno de ellos era el que le permitiría salir al mundo exterior.
Le antecedían 53 hombres y 14 mujeres, en idénticas condiciones, esperando el diagnóstico de los médicos instalados detrás de pequeñas mesas de madera de pino, sobre las cuales habían letreros con todos los diagnósticos psiquiátricos comunes de la época: furiosos, tranquilos, imbéciles, indigentes, epilépticos, infecciosos, toxicómanos, jubilados, poetas y melancólicos.
¡Enfermo! –se escuchaba el golpe del sello sobre la tarjeta. ¡El siguiente! ¡Sano y arrepentido! –zas. ¡El que sigue! ¡Sano y rehabilitado! –zas. Las fuertes voces deshumanizadas resonaban entre las paredes del patio, mientras sellaban los documentos de los pacientes impacientes de la larga fila.
Quienes recibían el sello de sano y arrepentido, eran conducidos a unos carromatos parecidos a los utilizados por los circos, que tirados por dos nerviosos caballos salían por el enorme portón de madera reforzada rumbo a la ciudad, allá, en la parte baja del valle, donde eran liberados cerca de los mercados de la Merced, el de Coyoacán, el de San Juan y el de San Ángel, el más cercano al pueblo de Mixcoac, donde pudieran sobrevivir con la caridad pública o disputándose con los perros tortilleros y los zopilotes de etiqueta, el suculento gourmet de un espinazo de pescado a la vizcaína o el huacal de una gallina al estofado.
En tanto, los sanos y rehabilitados eran llevados a un salón rectangular, donde separaban a las mujeres de los hombres y, en baños compartidos, les duchaban con agua fría y creolina. Después de vestirlos con ropa para pobres, los transportaban a los pueblos cercanos a la capital, como Texcoco, Tlalpan, Iztacalco, Iztapalapa, Tlahuac, dejándolos cerca de los panteones, donde aparecían y desparecían por temporadas.
Pero, la razón del miedo de este pobre hombre, era porque quienes recibían el sello de ¡enfermo!, eran arrastrados a punta de golpes a las entrañas del edificio, donde les daban baños de agua helada y sesiones de choques eléctricos en sus partes nobles, hasta que perdían la consciencia echando espumarajos por la boca.
El hombre estrujaba su tarjeta de identidad con los catorce sellos que a la fecha llevaba, todos con la leyenda de ¡enfermo!, y solo de pensar que recibiera otro igual, lo ponía frenético.
De pronto, el loco que le precedía le preguntó con voz bajita:
-A ti, qué locura te aqueja, hermano.
Le quedó viendo fijamente de arriba para abajo, valorando la pena de responder o no al pobre insano, pero, finalmente dijo con voz flemática.
-Dicen que la poesía es algo de lo que hacen los poetas, pero no me preguntes qué es ese algo, pues no debieras preguntarle al poeta, porque nunca será él quien te conteste, es decir, resérvate de preguntar de nuevo. Solo te puedo decir que padezco de una extraña aflicción, que le llaman, la Saudade.
-¿Qué dijiste? –dijo el loco sin comprender al poeta.
-Es difícil de explicar, son sentimientos contradictorios, que te hacen actuar distinto, ser diferente a la mayoría -dijo el poeta dejando traslucir un gesto de orgullo, de suficiencia.
-¿Diferente? ¡Diferente a la mayoría!, ¡eso es terrible!... ¿Y cómo se manifiesta? –preguntó muy alarmado el loco.
-Ni los tratados de medicina tienen una definición clara de este mal. Difieren según la nacionalidad del autor, o sea, es una dolencia del alma más que del cuerpo o de la cabeza, es parecido al sufrimiento de la ausencia del ser amado. Sientes nostalgia, pero no lo es, melancolía, pero tampoco lo es, caes en una gran tristeza, que tampoco lo es y a la vez te resulta confortable, te embarga la desesperanza. Te da por componer poemas de amor, cantar y antes de la cuaresma a bailar por igual a la alegría y a la tristeza, vistiendo estrafalarios atuendos multicolores.
- ¡Calla! Me enfermas con solo oírte, pero creo entenderte, pues cuando me he enamorado, algo parecido me ha ocurrido –dijo el loco.
Entonces, siguió el turno del poeta que se acercó tímidamente a las mesas sin saber a dónde dirigirse. Leyó los carteles y se aproximó a las dos últimas, porque su caso estaba más o menos tipificado en esos dos diagnósticos, el de los poetas y melancólicos.
Entregó el arrugado documento y esperó.
- ¡La Saudade! -leyó el médico el diagnóstico escrito en el carnet-¿Cuánto tiempo llevas hospitalizado?
- Catorce años con igual número de sellos.
- ¿Catorce? ¿Y no te has rehabilitado o arrepentido?
- ¡Cómo saberlo! –dijo el poeta mostrando las palmas de las manos al azorado médico, mientras levantaba el rostro como buscando un rayo divino que lo iluminara con tal pregunta.
- ¡Tienes razón! ¡El tuyo es un caso extraño! –dijo el médico que intercambió algunas palabras con sus colegas de las mesas de los poetas y melancólicos.
- ¡Cuál es tu nombre! –dijo el otro galeno.
- Cristóvâo Figo, para servirle a usted y a Dios.
- ¿Cristóvâo Figo? ¡Por casualidad eres portugués!
- Sí señor, nacido en la ciudad de Braganza, encima de una colina de la sierra de Nogueira, de ahí soy.
- Haberlo dicho antes –dijo el médico dándose una palmada en la frente– ¡que terrible confusión!
- ¿Es portugués? -Preguntó el otro médico.
- ¡Sí, este hombre es portugués!
- Pues entonces, no está enfermo, es el estado natural de ellos. Y pensar que se ha pasado catorce años encerrado, sin que nadie entendiera que tenía, ja ja ja ja ja – rieron los médicos.
- ¡A ver! – dijo uno de ellos y puso el sello de ¡Sano y arrepentido! – Zas.

Margarito Pérez

Saudade: Ver páginas de interés.

viernes 31 de octubre de 2008

Cuento: Locuciones de la naturaleza

En un resplandeciente amanecer, cerca de una laguna en pleno bosque, los animales que se encontraban aun durmiendo, se sobresaltaron cuando una urraca llego gritando, ¡que les pasa! ¿no me digan que están desvelados? Deben estar despiertos al canto del gallo ¡pero no!, aquí siguen durmiendo a cuerpo de rey, se olvidan que su misión es alegrar el bosque, agradecer a la naturaleza que aun tenemos árboles, esta bella laguna, de la que ustedes pueden disfrutar de polo a polo y sin embargo veo que están muy apáticos. ¿Qué les hace falta? - gritaba la urraca enojada al ver a todos adormilados. Entonces la guacamaya, aunque se despertaba muy temprano, casi con los primeros rayos del sol, dijo un poco disgustada, ¡Cómo no hemos de estar desvelados!, si anoche llovió a cantaros y los árboles han sido talados poco a poco, que ya no alcanzan a protegernos del temporal. Así que hoy no hemos tenido fuerzas para salir temprano como de costumbre, por lo que de ahora en adelante, los pocos que quedamos haremos las cosas pían pianito.

- Lo que quiero decirles - dijo la urraca - es que debemos defender el bosque y la única forma en que podremos lograrlo, es mostrando a las personas lo maravilloso que puede ser si los ven a todos haciendo lo que cada quien sabe hacer y sobre todo haciéndolo muy bien. ¡Vamos a transmitir al mundo el amor a nuestros bosques!

- Uy, uy, uy, uy - rezongó una mariposa - como si no vieran lo que nos hacen a nosotras. Nos cazan a manos llenas y nos ensartan con alfileres con el cuento de que son coleccionistas.

- De eso les hablo - dijo la urraca - de sensibilizarlos para que nos amen, así como nosotros los amamos a ellos.

- ¡Pero en que mundo viven! - dijo una cotorrita, que se encontraba escondida en un agujero que le quedaba a pedir de boca - si no fuera por este escondite ya estaría en una jaula como tantas de mi especie, que se encuentran encarceladas moribundas y olvidadas.

- Y que me dicen a mi - dice el cocodrilo muuuy acongojado - yo no se por que la naturaleza o Dios me dio esta piel rugosa y sobre todo que inspirara a los humanos a creer que podría ser muy original luciéndome como bolso, zapatos o cinturón, ¡esto es el colmo! - gritó el cocodrilo desmoralizado - ¿que pasaría si a nosotros llegara la mercadotecnia y nos vendieran la idea de que un collar con colmillos humanos nos haría ver muy cool ¡ se imaginan!, los elefantes con un pendiente con colmillo humano o a las jirafas con aretes de fémur infantil, ¿que tal eh?, nos daríamos a la caza de humanos para vernos muuuy originales, con eso que todo lo absurdo se pone de moda. ¡Pero no! Nosotros somos parte importante del ciclo de la vida y aunque digan por ahí, que somos irracionales, la verdad es que nosotros si amamos y respetamos a la naturaleza. Los que están en ayunas sobre el valor de la vida son los seres racionales, a los que tarde o temprano, la vida les cobrara a destajo lo que han hecho con nosotros.

- ¿O creen que algún día los árboles y los animales hablarán y dirán - expresó un roble muy enojado - sin mi oxigeno ¿qué eres?, sin mi belleza ¿qué admiras?, sin mis ríos ¿qué agua bebes?

- ¿O son de los que creen que solo de pan vive el hombre? - dijo una lagartija indignada.

- No se, lagartija, pero... ¿tú crees que si entre ellos no se entienden, es posible que puedan comprendernos a nosotros, los animales?

Marieta Corzo.

miércoles 29 de octubre de 2008

Cuento: Camilo (Sin e)

Cansado por andar solo con su sombra, Camilo, bajo un árbol, tomaba agua saciando su garganta, cavila, "pronto las sombras lo cubrirán", apura su paso para salvar la distancia hacia su casa, su amada ocupa toda su imaginación, ha luchado mucho sólo para halagarla.

Camina y camina y no alcanza su final. Con ansia alza los brazos y manos para volar, y ya no caminar. Vano todo, no logra nada. La razón acaba, habita consigo la duda y no logra mirar lo inaudito. Sólo alcanza a llorar, gritar y su corazón ya no palpita.

Ha pasado mucho rato, ahora Camilo forma fila con otras almas. Apagó sus ojos, acabó su vida.

No tuvo la osadía para anticipar su fortuna y murió por su amor sumiso. Camilo habita ahora con los astros. Allá mira a su amada y manda un ósculo a la boca callada por vía luminosa. Una carcajada asoma a su rostro.


Rosalía Santomé

martes 21 de octubre de 2008

CRONICA

La Colonia Roma

En mayo de 1990 llegamos a la ciudad de los palacios, México D.F. Rentamos un departamento en las calles de Chilpancingo, muy cerca de la glorieta del mismo nombre, en la Avenida Insurgentes, en la Colonia Roma. La Colonia Roma es el lugar con la mayor concentración de chiapanecos fuera de nuestro estado después de Chicago o Los Ángeles.

La Roma siempre ha conservado la nostalgia de sus edificios y palacetes de moda ecléctica, neo- colonial y funcionalista, destacando dos hermosísimas iglesias, entre ellas la de nuestra señora de la Natividad, construida en 1530 con la devoción del señor del buen ahorcado y la influencia de los huehuenches, cuando se llamaba Aztacalco en la época prehispánica.

Muchos años después, poco antes de Don Porfirio Díaz, tomó el nombre de la Romita. Su historia está llena de temas interesantes sobre sus costumbres, de la aristocracia porfiriana y refugio de militares revolucionarios retirados, emigrantes libaneses y judíos, notables escritores y pintores, sus misteriosos crímenes y por supuesto la arquitectura de sus edificios, como aquel localizado sobre la Avenida Álvaro Obregón que por muchos años estuvo en completo abandono y fue madriguera de rufianes. Sus fachadas mancilladas con pintas extrañas, con los cristales de sus grandes ventanales teñidos de luto y sobre la baldosa de la banqueta huellas de pies extraños. En verdad algo bastante fúnebre, tanto como aquella otra ubicada en las calles de San Luis casi esquina con el eje vial de Medellín. Tapiada con miles de cruces en puertas, ventanas y muros, como tratando de evitar que algo saliera.

Una placa en la fachada prohibía el acceso, la demolición, renta o enajenación del inmueble. Sobre la acera un viejo árbol contrahecho como los que languidecen en sus parques y glorietas donde sedientas fuentes sobreviven al paso del tiempo. Criaturas longevas que si fueran poetas entonarían versos sobre el presente y el pasado nostálgico. Nostálgico como mis recuerdos de la Avenida Álvaro Obregón, parecida a los bulevares Parisinos, generosa por sus camellones con hileras de gigantes fresnos verdes de brazos retorcidos, fuentes y esculturas clásicas.

Y el bazar de arte y antigüedades de los domingos, donde deambulan despreocupados artistas (pintores, poetas, escritores) y bailarines de pies impacientes como los asiduos a los tradicionales salones de baile, para practicar las habilidades con el mambo, la cumbia, los sones, el merengue y la salsa, aderezando los sueños y alegrando los corazones de las noctámbulas parejas danzadoras del popular salón de San Luis o del Gitanerías, ubicados en el corazón de la colonia. Por una ficha de cinco pesos podías bailar con las danzoneras de cuerpo alegre y mirada indiferente, con el sonido de las orquestas.

Ni que decir del bar mamá Rumba, donde podías escuchar música antillana deleitándote con alguna bebida típica caribeña.

Y así podríamos continuar recorriendo tantos lugares que conocí, como el cine México, las mejores cantinas de México como la Covadonga, la Guadalupana de ambiente taurino y popular o a Don Quijote, y por supuesto el centro cultural Casa Lamm, y la réplica de la fuente de las Cibeles de Madrid, la Plaza Luis Cabrera y la Plaza Río de Janeiro, donde se localiza una enorme fuente y las dos únicas réplicas exactas en bronce en el mundo del David de Miguel Ángel.

Cuando la nostalgia hacía presa de mi, bastaba con ir al mercado de Medellín, para comprar algún manojo de chipilín, o tamales de mole, o bien ir al Café La Selva para deleitarme absorbiendo los olores del café y recordar a nuestra añorada tierra, dándole satisfacción a los sentidos.

Catorce años después, el momento de emigrar llegó nuevamente; como lo ha sido mi vida, y el poco tiempo que aún permanecí en nuestro departamento de la calle de Tuxpan, comencé a extrañar enormemente lo que estaba por dejar, la colonia Roma, mis amigos. Me iba con muchos sueños realizados, pero también con otros más por hacer en el último tramo de mi itinerario.

Cuando visites a la ciudad de México no puedes perderte este cachito de Paris, sentirte inmerso en la belle epoque mexicana, actualmente nominada para ser declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad ni tampoco perderte de visitar la Casa Lamm y sus exposiciones, caminar debajo de los fresnos de la Avenida Álvaro Obregón, recorrer la plaza Rio de janeiro con sus fuentes sedientas o conocer el templo de la Sagrada Familia y si la nostalgia te embarga, bailar al ritmo de los sones alegres de las orquestas del salón San Luis y dejarte llevar por la saudade de la colonia Roma.

Margarito Pérez


domingo 19 de octubre de 2008

El espacio de los pequeños

El conejo amarillo

Había una vez un conejo amarillo, era amigo de una niña que lo quería mucho, jugaba todo él día, la niña se bañaba en el baño y el conejo en la lavadora de mamá, ella se secaba con la toalla y él en la secadora de mamá. El conejo es un poco gordo y simpático, orejón y suavecito. Los dos se cuidan de los peligros. Papá y mamá los quieren mucho y todos son felices.

Ana L.
Febrero de 2006.
Cuento escrito con motivo del primer Certamen Nacional de Literatura Infantil y Juvenil "Escuchemos el futuro", de Times Life Learning, de escuelas preescolares.


sábado 18 de octubre de 2008

Cuento: El misterio

Se abrió poco a poco la puerta del patio trasero, el rechinido y la sorpresa hizo que Eduardo que leía "El secreto", alzara la cabeza y se bajara las gafas hasta la nariz para poder mirar hacia la puerta que se azotó y cerró de nuevo. Dio un respingo, no había viento, la noche era calmada pero oscura. Poco a poco dejó el libro, se levantó y con pasos lentos, entrecerrando los ojos se dirigió a la puerta, la abrió de golpe y escudriñando preguntó con voz fuerte, aunque un tanto nerviosa - ¿Quién anda ahí?
El silencio le contestó. Volvió a mirar y a preguntar con vos aún más firme - ¿Quién diablo es?. El silencio volvió a contestar, por su cuerpo pasó un escalofrío. Miró moverse algo atrás de unas plantas, en un santiamén Eduardo dio unos pasos hacia adentro de la casa para tomar una lámpara y un fusil. Salió de nuevo armado y recorrió todo el patio, no encontró nada. Aspiró aire fuertemente y se secó las perlas de sudor de su frente, dio media vuelta y regresó a la casa, grande fue su sorpresa al encontrarla cerrada, con cerrojo, por más que hizo no pudo abrirla.
- ¡Que carajo! - se dijo - ¿Quién cerró?, si no hay viento.
Con cautela se dirigió a una de las ventanas y también estaba cerrada por dentro. Dio vuelta a la casa para buscar una entrada al desván, pero también estaba cerrada - ¡Maldición! - fue su expresión, ¡no puedo entrar! Afuera hacía frío o ¿era el frío de los nervios?
De repente oyó pisadas acercándose a él, giró de inmediato, pero no había nadie - ¿Quién es?, ¿quién es?, ¿quién es? - preguntó. Miró hacia todos lados y de nuevo se sobresaltó porque vio atrás de unas plantas un ligero movimiento y enseguida - ¡horror! - dijo, observó sombras que salían volando hacia él, - ¡noooo! - gritó, disparó y disparó su fusil y las sombras desaparecieron.
Se acurrucó en el rellano de la puerta y se dijo a si mismo - calma, calma, tienes que tener calma Eduardo, es hora de poner en práctica el control mental. Lo que leía en "El Secreto", de estar bien si uno se lo propone y se programa, bla, bla, bla, - y se repetía - estoy bien, estoy bien, estoy bien, no pasa nada, no pasa nada, todo es un sueño... bla, bla, bla. Y en realidad se fue quedando dormido.
Los rayos del sol le dieron en pleno rostro, parpadeo varias veces, abrió los ojos y miró a su alrededor, vio la ventana con las cortinas sin cerrar y eso permitió la entrada del sol que lo cegó por un momento. Pero estaba dentro de la casa, sentado en su reposet, con las gafas y el libro en el suelo, tirados a su lado. Se levantó de golpe, recorrió todo, las puertas y ventanas estaban cerradas por dentro, todo en orden.
Empezó a recordar y extrañado se dijo - ¿Qué pasó?, ¿fue una pesadilla? o ¿fue realidad? Cuando salió al patio encontró los casquillos de fusil.

Rosalía Santomé


Cuento: Extrañas visitas

Ayer me ocurrió algo realmente extraño y que jamás imaginé me pasaría a mí. Algo que podría ser argumento de una historia de terror. Una historia difícil de explicar, pero sucedió, fue real y debo platicárselos, porque algún día, tarde o temprano, a ustedes les pasará.
En el mes de noviembre pasan casos extraños muy a menudo, a los que no encuentran una explicación lógica, quizás porque tenga que ver la celebración del día de los santos difuntos, nadie lo puede asegurar, pero muchas historias extrañas se escuchan por esas fechas.
Sucede que ayer decidí darme una vueltecita por la Plaza Cristal. Me encanta caminar despreocupado, simplemente ver a la gente. Los negocios lucían adornos de todos santos, algunos de navidad y los más atrevidos hasta de los Santos Reyes. Había un ambiente de optimismo, los rostros de las gentes mostraban alegría, felicidad. Y cuando más entretenido estaba, sucedió. A cada dos pasos me encontraba con un maestro de cuando era estudiante de secundaria. El profesor Aristeo de matemáticas, el maestro Peña de química, el maestro Heriberto de biología. Tal parecía que ese día me encontraría con todos. Lo curioso era que me recordaban muy bien. Sabían mi nombre, mis apellidos y uno que otro detallito de mi personalidad.
- ¡Hola!, qué milagro que te veo Juan Carlos.
- ¡Que cuenta usted Juan Carlos!
- ¿Sigue usted igual de distraído, Juan Carlos?
- ¿Que ha sido de su vida, Juan Carlos?
- ¿Sigue usted persiguiendo a sus compañeritas, Juan Carlos?
- ¡Juan Carlos, Juan Carlos, Juan Carlos…!
Por supuesto que da gusto saludar a tus maestros, aunque los pobres anden arrastrando los pies detrás de un bastón, de un andador o en silla de ruedas. Pero, que te recuerden después de los años transcurridos ciertamente no deja de ser extraña la situación.
Así que, a cuanto negocio entraba me encontraba a uno de ellos. El maestro Valente de física, el maestro Silvano de geografía, el maestro Restituto de historia, al “ticher” Reynaldo de inglés. Tal parecía que había una convención de maestros jubilados, pues todos estaban ahí. La verdad que me empezó a intrigar el asunto, porque parecía que ellos a propósito me buscaban.
Hoy de nuevo fui a la plaza, quizás ahora encontrara a mis compañeras de salón. Y que creen, que me tropecé con el cuache, un compañero que no veía hace muchísimos años ¿Qué has hecho? ¿Dónde te has metido estos años? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Sigues echando trago?, ya sabes, las preguntas de costumbre.
Aproveche la ocasión para decirle que había encontrado al maestro Aristeo, me miró extrañado y dijo –¿Al pozolito?, no es posible, hace quince años que murió – me dijo muy serio. ¡Qué extraño!, si lo vi caminando con su bastón - repliqué. Pues está muerto - me respondió.
Le comenté que también había visto al maestro Peña, -¿Al maestro piñata?- Me miro muy serio y dijo que había muerto hace catorce años. ¡Caramba! ¿Entonces los demás también eran muertitos?, me pregunté.
Resulta que el maestro Heriberto, la maestra Zenaida y todos los demás, hacía años que no estaban entre los vivos. ¿Te imaginas mi sorpresa?, pues todo el día había estado viendo; y lo que es peor, platicando con puros difuntos.
En eso estábamos cuando observamos que el maestro Simeón, quien fuera director de la secundaria en 1948, se dirigía hacia nosotros. Vestía una blanca guayabera yucateca y pantalón azul. Nos miramos sorprendidos pues no sabíamos si era de este o del otro mundo. Agarramos fuertemente nuestros bastones, para no caernos. Nuestras manos comenzaron a sudar, mi pierna derecha comenzó a dar saltitos y mi ojo izquierdo saltaba por un tic.
Cuando llegó junto a nosotros, nos dijo muy apurado.
- ¡Ideay muchachos!, ¿qué no están en la ceremonia, pues?
- ¡Maestro Simeón!
- ¡Deben estar ahí! Todos los alumnos difuntos están presentes. Si son la comitiva de recepción, pues.
- ¿Comitiva? ¿En dónde maestro? – pregunté.
- Pues a mi entierro, ¡me acabo de morir!

Gervasio Ponteduro.


Cuento: La tacita deprimida

De pronto, salta una taza cafetera, estrellándose contra el piso gritando - ¡basta!, ¡basta!, prefiero irme a la basura porque estoy hecha trizas que seguir en este gabinete abandonada por que la señora le dio por ir a tomar el cafecito con las amigas, así que platos, ollas, cacerolas, vasos y demás utensilios de cocina, si tienen tele ¡ahí se ven!, porque, lo que yo, quedé tan en pedacitos, que no creo que la señora intente reunirlos para pegarlos de nuevo; con el cuento de que era su predilecta para tomar su cafecito; ¡pero bueno!, si eso me hizo a mí, imagínense a ustedes, las recolectarán para regalarlos a otra casa, si bien les va, bla, bla, bla...
- Espera, espera, espera - dijo la sartén - lo que ocurre, es que has de estar deprimida por la falta de tu dosis de cafeína que recibas todas las tardes puntualmente.
- Y tú no me vas a decir que muy contenta, si llevas más tiempo que yo sin salir de ese gabinete; si te llevan con un psicólogo de segura te declaran claustrofóbica.
- Pero no al grado de querer desaparecer, ¡bueno!, si me entristece que ya no me saquen para hacer los suculentos desayunos a los deliciosos plátanos fritos, que a decir verdad, ¡qué bien olía la cocina por las mañanas!
- ¡Lo ves! Ya empezaste con ponerte nostálgica, por eso, ¡no me arrepiento de la decisión que tomé! ¡No quiero seguir esperando sin la certeza de que aun puedo ser util!
- No ¡Claro! Y ahora, menos, así como quedaste hecha añicos, pero bueno, lo sentimos por ti, te vamos a extrañar, al menos nosotros seguiremos esperando. ¿Quién sabe y mañana la señora reciba invitados? Y ¡Todos a servir!
- ¡Oh!, no, no, no, por qué no lo platicamos antes - contestó la tacita hecha trizas - si hubiera pensado en eso de una reunioncita con invitados y todo, a lo mejor mi depre, no se hubiera acentuado tanto y seguiría con ustedes albergando la esperanza de ser útil.
- ¿Ves ahora por qué las decisiones importantes las debemos consultar antes de realizarlas? - dijo la sartén muy ceremoniosa - ¡Cuándo de pronto! Se enciende la luz en la oscura cocina, escuchándose la exclamación colérica de alguien que llegó.
- ¡Ay, no puede ser! ¿Se habrá metido un gato a la cocina y ha roto la taza favorita de la señora?... voy a recoger inmediatamente los pedacitos y esconderlos muy bien para que no se den cuenta de lo ocurrido; al fin que ya ni se prepara café en esta casa.
Marieta Corzo.

Quienes somos

Somos un grupo de talleristas amantes de la narrativa, que escriben por el simple placer de dejarse seducir por la imaginación. Principalmente hacemos narrativa corta; el cuento, con distintos tópicos, utilizando el lenguaje coloquial de nuestro estado de Chiapas. Pretendemos disponer de un espacio, de un ventana para quienes poseen; al igual que nosotros, el gusto por la escritura creativa y que deseen compartir sus escritos y expresar, transmitir o exteriorizar sus comentarios constructivos sobre nuestros temas.


Nuestro principal reto como talleristas es enfrentar nuestro aprendizaje, hacia la crítica, con nuestro particular estilo e interactuar con quienes tienen el mismo gusto por la narrativa.